miércoles, 24 de agosto de 2011

Confesiones y Calamari (Un viaje a Sardegna: Día 4 Oristano-Tharros-Cagliari)


Nos levantamos a las 8:15 h, nos duchamos y bajamos a desayunar. Como el resto de los días, desayune ligerito, más o menos esto me llevo una hora. Durante este tiempo el Piu y yo estuvimos discutiendo sobre los destinos a elegir en le excursión del día. El Piu se decantaba por ir a la zona de Oristano y yo a la de Arbatax. Después de una dura discusión y multiples recriminaciones, decidimos ir a Oristano, porque nos llevaba aproximadamente una hora menos de coche.

Cabizbajo y derrotado me subí al coche rumbo a Oristano. El Piu se ofreció amablemente a llevar el coche y emprendimos el camino.

-   ¡Joder Rato son tan solo las 9:30 h!, ya me explicaras como todos los días conseguimos salir antes del hotel, pengandonte semejante panzada al desayuno.

-   Ummmm... (Sinceramente, creo que hay momentos en los que es mejor estar callado como una perra, o mejor aún, desviar la atención con otra pregunta) ¿Por qué siempre conduces tú en las autovías y a mi me toca disfrutar de todos los caminos de cabras de esta isla?

-   Vale, te lo confieso, todos los días por la mañana mientras tú todavía sigues desayunando, veo el mapa de carreteras y me ofrezco coger el coche cuando sé que toca una buena.

-   ¡Joder!, ¡seras hijo de tu madre!, ¡ya te vale!, ¡cómo puedes abusar tanto de un ser tan inocente e indefenso! Pues, que sepas pringado que todos los días adelanto el despertador un cuarto de hora, ¡esa es la razón por la que salimos antes!

-   ¡Serás cabrón!, ¡Por esto tenía todos los días esa sensación de haber dormido menos!, ¡uno ya no se puede fiar de nadie!
-   Bueno, una por otra, ¡venga pelillos a la mar!

Durante un buen rato estuvimos callados, escuchando nuestra cadena de radio favarita “Virgin”y barruntando sobre el comportamiento bastardo de nuestro compañero de viaje.

Cuando faltaban un puñado de kilómetros para llegar a la ciudad de Oristano, hicimos una breve parada para admirar una iglesia que nos llamo la atención desde la carretera. Esta resulto ser la basilica de Santa Giusta, cuya denominación da nombre a la ciudad donde se encuentra ubicada. Indagando entre los paneles informativos, descubrimos que fue construída durante la primera mitad del siglo XII por trabajadores de la ciudad con la ayuda de artesanos que levantaron la Catedral de Pisa. Por lo que he leído, el diamante en terrazas que se encuentra en el tímpano de la fachada, tiene un gran gran valor arquitectónico dentro del estilo romanico en Cerdeña (esto último, solo he puesto para quedar un poco de cultureta).    
                   
Finalizada la visita, subimos de nuevo al coche rumbo a la ciudad de Oristano, llegando a nuestro destino en menos de 15 minutos.

Oristano en si nos decepciono bastante. Una vez que vistas la catedral de San Francisco, la torre de Mariano II y el palacio arzobispal, monumentos que no llegamos a visitar, la ciudad no tiene mucho más que ver. Mientras me lamentaba cabizbajo de mi desdicha, un italiano desdentado me paro, preguntándome mi lugar de procedencia, para luego pasar a comentarme la historia, festejos y tradiciones de Oristano. Tuve que cortarlo, diciendo que el Piu me esparaba desconsolado al otro lado de la acera. Sino creo que podría estar dándome la chapa durante horas.

Después de abandonar como un perro a mi destentado amigo, me puse a relfexionar sobre el tipo de lugareño que se había acercado a nosotros para intentar tener algún tipo de relación de carácter amistoso. Hacer el recuento me fue fácil, ¡vaya solo habían sido dos!, un borracho sordomudo y un viejo chapas al que le habían robado la dentadura. Y yo me pregunto: ¿Qué pasa, ningún nativo normal, con dientes y que no de positivo en un control de  alcoholemia, tenía ganas de relacionarse con nosotros?, ¿a caso somos due bichos raros?

El abatimiento, el calor y las ganas de beber para olvidar, nos hicieron sentarnos en la terrazita de una cafetería, y pedir, ¡cómo no!, due birre. La magia de nuestros momentos cerveciles se rompió cuando la camarera nos trajo due Becks de mierda. ¿Por qué no le habríamos pedido due Ichunsa?, nos tuvimos que joder y beberlas.

El piu me vio tan deprimido que me dijo que podíamos ir a donde yo quisiera. Yo recordaba de cuando habíamos hecho una parada rápida en la oficina de turismo, la guía no estaba nada bien, nos habían hablado sobre una ciudad con los vestigios fenicios más importantes de Cerdeña llamada Tharros. 

Cogimos de nuevo el coche y nos fuimos rumbo a Tharros, durante el camino el Piu me pidió que pararamos en uno de sus multiples lagos salinos que hay en esta zona. Hicimos un pequeño alto en el de Cabras. Para ser sincero, no le encontramos nada especia, cogiendo al poco rato de nuevo el coche.



Lo primero que hicimos al llegar a Tharros fue darnos un bañito en una de sus playas, que con el paso del tiempo descubriríamos que no había sido una buen elección. Se aproximaba la hora de mangare, así que recogimos nuestras cosas y fuimos a una pizzería que habíamos visto de camino a la playa.

Como siempre nos pedimos due birre antes de decidir el plato que íbamos a degustar. Mientras me tomaba la birre me quede pensando porque todos los italianos, incluídos camareri, obreros de metal, barrenderos y gorrillas, llevan siempre como atuendo polos de marca con el cuello levantado. ¿Cuánto ganará allí un camareri para que anden tan maqueados?, ¿1.000 € en Italia serán más que 1.000 € en España?, ¿Comprarán la ropa falsificada en los mercadillos o tendrán un chinito en su casa que les fabrique politos a cambio de un plato penne? Las respuestas de este y otros grandes misterios de la isla se los dejo para Iker Jimenez.

Después de estas profundas reflexiones y media jarra de cerveza, el Piu se pidió un plato de pasta y yo una pizza de gamberini y champiñones.

Con el estomago lleno, nos dirigimos al coche a dejar la toalla y otros enseres playeros, para ponernos rumbo a pie hacia los restos arqueológicos de la ciudad fenicia de Tharros.

La ciudad de Tharros esta situado en una península piu bella con playas idílicas a ambos lados (si váis por allí algún día, adentraros en la península antes de elegir la playa, las que hay antes no tienen nada especial). Esta vez no hicimos la visita guiada como en  Pula. Los restos de la ciudad se miraban perfectamente desde lo alto de una colina que había a escasos metros y pensamos que no era necesario perder nuestro tiempo y dinero con una tia o tío al que le entenderíamos  de la misa la mitad.

Pasando las ruinas de Tharros se encuentran unas playas de cuento, a las que solo se accede con cierta dificultad, al tener que bajar entre las rocas. El Piu y yo decidimos ir a la que consideramos más bonita para darnos un baño y disfrutar de tan tremendo paisaje. Todo parecía perfecto hasta que nos dimos cuenta que nos habíamos dejado las toallas y el Piu además su bañador (se había cambiado para no sufrir un ataque de cistititis). Dar vuelta atrás suponía hacer 20 minutos bajo un sol abrasador, así que decidimos quedarnos, utilizar las rocas como toallas y en el caso del Piu sus calzoncillos negros como bañador. Según él nadie se daría cuenta de ello porque el 75,42% de los italianos llevan bañadores turbo y su apretado calzoncillo fácilmente podría pasar uno de ellos. Cierta o no su teoría, lo que paso es que las cuatro parejas que en aquellos momentos disfrutaban de la playa en todos sus sentidos, la abandonarón una a una, hasta que el Piu y yo nos quedamos solos. Supongo que aquellos instantes fueron de los que más me han marcado del viaje, porque ahora pasado más de un mes de nuestra visita, sufro, casi todas las noches, constantes pesadillas en las que unos calzoncillos negros licra me persiguen.

Dejamos aquel trozito de paraíso después de una horay media en soledad, con la única idea en nuestras neuronas de beber algo en el primer garito que nos encontraramos. Después de 10 minutos de dura caminata encontramos la primera terraza y nos sentamos derrotados, (el Piu se había quitado los calzoncillos e iba con su pajarito libre de un lado al otro del pantalón), me pedí una birre y el Piu un litro de agua porque según él su aguilucho se pone alerta cada vez que se bebe una birre y no era plan de asustar a la población local.

Llego el momento de levantarnos y diriginos hacia el coche, teníamos que llegar al hotel a una hora razonable, era sábado y teníamos que probar la marcha Sarda. Yo le propuse al Piu que fueramos a una de las numerosas verbenas que habíamos escuchado todos los días durante el camino.

- Rato, ¿de que coño de verbenas me hablas?

- Joder, de las que hay por ahí. ¡Pero si me estuviste rayando todo el viaje por si escuchaba los fuegos de artificiales!

- ¡No me jodas que te creíste lo de las bombas!, ¡mira que eres pin pin!

- ¿Cosa?

- Las petarditos no erán más que mis gases, ¿no olías nada?

- No me jodas. Desde los encuentros en la tercera fase del baño del hotel tengo el olfato noqueado.

- Ja, ja, menudo pardillo.



  Emocionado por mi inociencia empezó a darme una charla sobre los pedos, de por qué exiten, qué tramisten, qué se siente cuando te tiras uno. Lo mejor fue cuando no se ni como ni por qué ligo el mundo del pedo a la política, diciendo que este es un símbolo del proletariado. Luego me empezó a decir que para él, tirarse pedos tenía el significado de compartir, de confianza y que debía sentirme afortunado. Y siguió su discurso con que el pedo es más que un simple aroma, qué si te paras a escuchar uno puedes darte cuenta del estado de ánimo de la persona. Así, según la versión del Piu, cuando se tiraba un pedo nauseabundo era porque su estado biológico no era optimo, bien porque había desayunado bastante, bien porque el queso que llevaba la pasta o la pizza era muy fuerte...Me contó que la mayoría de los que se habían fugado por su ano, eran pedos con ruído porque esto significaban complicidad, buen rollo, al igual que los fuegos artificiales indican en las fietas el comienzo de la diversión. Me acuso de ser el típico que se tira pedos silenciosos, de esos  que solo se tiran las personas falsas que nuncan daban la cara. El muy degenerado acabo invitándome a tirarnos pedos al unisono, y jugar al pedo más largo.


- Tú lo que eres es un denegerado. Me estas dando el día, no me bastaba con verte embutido en esos calzoncillos de la talla S, qué ahora quieres una fiesta de pedos. ¡Por dios cierra todos tus orificios de una vez y dejame tranquilo!

- Vale, he captado la indirecta  me callo e intento aguantarme los pedos hasta llegar al hotel.


Llegamos a Cagliari completamente en silencio, ¡gracias a Dios!, hasta que el Piu volvió a perder la orientación y los nervios a la entrada de la ciudad. Igual que en el día anterior le pedí que me dejara conducir. Esta vez estaba casi seguro de encontrar nuestro hotel, solo tenía que llegar al aeropuerto que estaba a  7 km más alla. Pasados 10 minutos de infructuosos intentos de encontrar el caminio, el Piu, paro el coche y me pidió que lo cogiese. En ese momento seguí cada uno de los puntos del plan estratégico que había diseñado el día anterior, llegando en poco tiempo hasta la rotonda que estaba enfrente del hotel, pero si no llega a ser por un chillido del Piu hubiera tomado la salida equivocada.

- ¡Esto si que es trabajar en equipo meu!

- Es increíble que estés al lado del hotel y no lo mires, ya te paso ayer.

- Es que cada vez que entro en una rotonda, sufro tres ataques de ansiedad consecutivos que no me dejan ver nada.

Subimos contentos y felices a la habitación del hotel, nos acicalamos, nos pusimos guapetones (esa noche había que darlo todo por nuestro país), bueno el Piu hizo lo que pudo, los milagros son cuestión de fé. Yo me puse un polito rosa y blanco, unos vaqueros en plan casual y el Piu se vestió en plan perro flauta con una camiseta que tenía un viejo lema de la bruja Avería “Arriba el mal, abajo el capital”.

De esta guisa y con la moral por las nubes, nos fuimos andando hasta el centro de Cagliari. Mientras conversábamos animadamente por el caminio, se acerco a nosotros un pakistaní que le ofreció flores al Piu. En ese momento, un ciento de horribles pensamientos empezarón a azotar mi cabeza: ¿Por qué no me ofreció a mis las flores?, ¿Pensará que soy un muerde almohadas?, ¿Por qué la gente del hotel nos mira con el rabillo del ojo?, ¿pensará que somos un  par de mariconazos?, ¿será por eso que no se ha acercado a nosotros ni una sola ragazza?,¿y si un par de generados?, ¿por qué huyo todo el mundo tan rápido de la playa de Tharros?, ¿pensaría que eramos un par de maricones de playa que pretendíamos hacer sexo anal?...(Rato por dios deja de pensar, que se te va a joder la noche).

Cuando finalmente llegamos al centro de Cagliari, estamos valdados, el caminito nos había llevado unos cuarenta minutos a buen ritmo y soportando un calor de cojones. Por no hablar de las seculas psicológicas que me había producido mí último encuentro.
Una vez allí, el Piu quería a pararse a cenar en el primer sitio que vio.

- ¡Qué haces!, vamos a echar un vistazo por ahí. Creo que recuerdo una zona con restaurantes guapos.

- Vale, pero que sea pronto que me muero de hambre.

- Tú sígueme y nada de tirarse pedos, ¡qué te conozcoooo!, ¡no me asustes al personal!


Pululamos un rato por ahí hasta que vimos un restaurante que nos sedujo por su situación, por lo variato del menú, por el precio y a mi además porque lo regentaba una china...bueno esto último me convenció a mi porque el local al igual que el resto estaba atestado de gente y solo una chop suey es capaz de organizar todo para que no se le escape un solo cliente. Yo creo que es algo genético.

Así que isofacto me dirigi a hacía la seguidora de humor amarillo y le pedí una mesa para dos. La tía posiblemente no entendiera ni papa de italo-español pero al momento desalojo una mesa y nos invito a sentarnos. ¡Ay quién me diera tener una chinita en mi loft!

Nos sentamos, vimos la carta, lo primero decir el vinito que nos íbamos a tomar. Optamos finalmente por un blanco. Después elegimos un primero y un segundo, entre más de 100 platos diferentes escritos en italiano, lo que reducia nuestras posibilidades de acertar con nuestra elección.

Para mitigar mis miedos el Piu me dijo que me pidiera el plato número 23 de antipasti que era el que él se había pedido en nuestra visita Sant`Antioco. Me pareció buena idea porque me había quedado con ganas de degustar un buen plato de pasta en este viaje. De segundo después de darle muchas vueltas elegí calamari, por lo menos esta vez estaba seguro de lo que me iba a llevar a la boca. El Piu pidio una ensalada di mari, y pescaditos fritos.

Nos tardarón en servir un buen rato el primer plato, por supuesto la camareri no era china, sino ya hubiéramos terminado de comer. Cuando por fin nos trajo los primeros, me quede un poco extrañado porque nos sirvió ensalada di mari y calamari rebozados. 




- ¿Pero los calamari no eran el segundo plato?

- Si creo que si, se habrá confundido no te preocupes Rato, seguro que te los trae luego.

 Bueno, eso espero.

Cual fue mi sorpresa cuando la cameri me sirve el segundo plato. ¡Otra vez calamari!, eso si, ahora a la plancha. ¡Joder!, ¿por qué le habré hecho caso este puto mendrugo?, ¡si su comprensión oral es nula y la escrita es igual que la mia!, ¡soy un autentico gili!...Pues nada a comer otra vez calamari, ¡qué buenos!... Creo que al Piu le di un poco de pena y me dijo que compartiéramos los platos, así podría comer otra cosa distinta de un cefalópodo. 

Llego la hora del postre y como se nos había terminado el vino, consideramos que era una buena sobremesa un par de  Ichunsa de medio litro. Mientras bebíamos y hablamos de lo divino y lo humano, no se a cuento de qué, le dije al Piu que creía que tenía una inteligencia entorno a la media. No me imiginaba la que se iba a montar, mi rating le sento como una patada en los cojones, peor que si lo hubiera llamado stupido, cretino, imbecille,  sacco di merda, Figlio di Puttana, testa di cazzo, vaffanculo, torrone di merda, polentoni fascisti... Durante un buen rato, estuvo intentando convencerme de su intilegencia, pero no lo consiguió, supongo que soy demasiado optuso para no ver un cráneo privilegiado como el suyo. Pero hoy, más de un mes después, quiero redimirme, y reconocer las cualidades intelectuales de mi amigo y compañero de viaje, por eso he puesto en mi perfil el libro que ha escrito “Un epitafio axeitado”, como una de mis lecturas favoritas, que recomiendo  desde aquí encarecidamente.

Supongo que en parte, todo su cabreo era producto del alcohol. El Piu iba ya bastante mamado y no paraba de desvariar, lo único que me repetía es que quería un pitillo.

Tenía que saldar mi afrenta, así busque desperadamente una máquina de tabaco (único lugar donde podíamos encontrar tabaco a esas horas) para tranquilizarlos. Después de un buen rato dando vueltas, encontramos una, introducimos el dinero, seleccionados nuestra marca y... ¡nada! Empezamos a analizarla, probar con otro tipo de tabaco, intentar pagar con tarjeta, observar cada uno de sus orificios pero na de na. Finalmente nos rendimos, había que joderse y no fumar.

De camino hacia ninguna parte, empezamos hacer nuestras cabalas y nos preguntamos: ¿Cómo controlarían que los menores no comprasen tábaco?...

- ¡A lo mejor, hay que introducir el DNI!


- Ostia, puede que tengas razón. ¿Por qué no probamos en la máquina que vimos cuando íbamos  a cenar, en la zona de bares?


- Claro, vamos "pa" alla.


Llegamos y había una cola de cojones para comprar tabaco. Mientras esperábamos, vimos como los italianos tenían que meter una especie de tarjeta sanitaria para poder comprarlo. A todo esto un español que teníamos delante le pidió a un italianini que le dejará la tarjeta  y ahí nosotros aprovechamos la ocasión, pidiéndosela también.

¡Equilicuá!, ya teníamos tábaco, ¡pero que listiños somos! Ahora solo teníamos que buscar un garito donde poder beber algo. La marcha en Cagliari se caracteriza por pedirte las consumiciones en los bares, para luego salir afuera y charlar animadamente con otra gente, como si fuera un macro botellón de pago.

El Piu se pidió un licor de mirto, y yo, como no, una Ichunsa. Nos sentamos en unas escaleras y charlamos. Seguimos bebiendo un par de cervecitas más, hasta que decidmos volver al hotel. El problema ahora era coger un taxi, no se atisbaba ninguno en toda la ciudad. Ibamos caminando, bueno el Piu iba arrastando sus pies en zizageo, de un lado para otro en busca de un puto taxi. Hasta que al final vimos uno que paro, nos pregunto a donde íbamos, le dijimos el nombre de nuestro hotel y nos dijo que nos subiéramos.

El Piu le pregunto porque no había demasiada marcha en la ciudad, respondiéndole el taxista que la mayor parte de la gente estaba en la playa de Poetto. Allí, se estila salir en plan ibicenco, tomandote unas copas en los chiringuitos de la playa.

Yo, la verdad, no se como el Piu era capaz de articular palabra, y no digo esto por lo borracho que estaba, sino porque íbamos a toda ostia por el medio ciudad y me estaba dando la sensación de que en cualquier momento nos íbamos a estampar. Creo que es peor ir con un chofer italiano que conducir tú mientras esos putos zumbados te hacen la vida imposible.

La carrera nos costo la friolera de 18 €, un Ave María, un Padre Nuestro, un Jesusito de mi Vida y unos gallumbos manchados. No nos importaba, ¡por los menos seguíamos estando vivos!

Llegamos al hotel, me puse mi pijamita como pude, mientras el Piu se quedaba solo con sus malditos calzoncillos negros, y nos dormimos. Esta vez, pase del puto despertador.

Colorín, colorado, otro día se ha terminado.

Un abbraccio,

Rato Raro








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